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Juan Bautista Rodríguez Uribe

Nace en Santiago, el 19 de junio de 1975. Ingresa a los cinco años a la escuela Presidente Alessandri y sus estudios secundarios los desarrolla en el liceo Darío Salas. A los 17 años comienza sus estudios de pedagogía en Artes Plásticas en la UMCE, desarrollando una ardua carrera artística combinada con la dirigencia estudiantil al desempeñarse por dos períodos como presidente del Centro de Alumnos del Departamento de Artes Plásticas de esa casa de estudios. Su actividad académica y profesional comienza a partir del año 1995 en que se incorpora al campo laboral en un colegio particular de La Florida iniciando un rol protagónico en educación, sirviendo en diversos colegios e instituciones educacionales de distintos estratos sociales. Paralelamente a las tareas de la docencia pinta y expone ininterrumpidamente desde el año 1996, tanto en la capital como en regiones. Además participa en agrupaciones musicales, cultivando la música latinoamericana, el Jazz y el Rock, lo que traspasa también a su labor profesional de educador. En el 2005 obtiene el grado de Magíster en Informática Educativa, desempeñándose como Coordinador de Enlaces desde donde genera interesantes e innovadores proyectos y recursos tecnológicos para la educación de estos tiempos, que se materializaron con mayor fuerza en su gestión como Supervisor de Informática Educativa, de la Sociedad Educacional Boston College. En el 2007 suscribe un nuevo hito como director del Colegio Santa Cecilia de Maipú. El 2008 luego de asesorar académicamente al Colegio Florence Nightingale, emprende un ambicioso desafío como director de la Escuela Básica de Chile Chico accediendo tras haber ganado el concurso público respectivo, en esta austral comuna de la patagonia. El 2009 Dirige el Melford College de Quilicura, ingresando el 2010 a la docencia universitaria, en la Universidad Autónoma de Chile, donde se desempeña como coordinador de prácticas y titulación de la carrera de Artes. El 2011 gana concurso público y es nombrado Director del Colegio Emaús, en Maipú. El absurdo como atributo de lo eterno Al adentrarnos en el espacio pictórico de Juan Bautista, es indispensable comprometer los sentidos, hay que estar dispuesto a dejarse asaltar por texturas, sabores, colores y sonidos. Una suerte de estética gongorina que triunfa y se renueva en la conjunción del cosmos inexplicable. Los temas que obsesionan al artista son la naturaleza, la noche y el tiempo, pero todos ellos están supeditados a una incógnita primordial: el cosmos y su inexplicable perfección. El trazo de Juan Bautista adquiere una fuerza inusitada cuando se enfrenta al infinito inescrutable, el tiempo cerca al sujeto estético y lo deja vulnerable frente al absoluto. Lejos de una visión panteísta, Rodríguez inaugura una estética de lo inconcluso y de las sensaciones, espacio donde lo erótico se abre paso entre la naturaleza que, muchas veces, es enemiga y destructora, vecina de la muerte. En Los Alephes toda novedad no es más que un olvido. No hay nada nuevo sobre la tierra, y todas las criaturas, excepto el ser humano, son inmortales, pues ignoran que un día morirán. Así Los Alephes construye un entramado metafísico de tiempo abismado, es decir instantes volcados sobre sí mismos, una suerte de constructo intelectual que propone su inexistencia y, al mismo tiempo, su omnipresencia. El tiempo es solo el instante; las cronologías y los acontecimientos lineales son un mero intento desesperado de los hombres por asirlo, por comprenderlo. Sin miedo a los afanes neuróticos, Juan Bautista cultiva una estética que funde lo viejo con lo nuevo, el trazo de Rodríguez es musical y armónico y a la vez disonante y estruendoso, no le teme a las grandilocuencias, pero se cuida del artefacto vacío, su brocha es de pulso firme, de pincelada verdadera y preñada de sentido, Juan construye mundos de cimientos sólidos, en donde todo conocimiento no es sino un recuerdo, la memoria es el bocado del tiempo, y el pasado la sustancia que lo constituye. Lo espantoso no es que las cosas terminen, lo grave es que nunca hayan sucedido. En ese vértigo aterrador la textura de Los Alephes se hace poderosa en la simultaneidad inagotable, infinita de todos los momentos y todos los lugares, porque todo ya ha ocurrido y vuelve a ocurrir hasta el infinito. Los Alephes es una muestra (2012) transparente, llena de sonidos y sabores. El artista enfrentado a la naturaleza omnipresente, se maravilla ante el espectáculo natural. Necesita asir la creación y su tiempo, se sumerge en ella, la toca, la muerde, la saborea. Consciente de lo inconmensurable del cosmos, lo observa y se somete a él, sin embargo hay una voluntad de rebelión, de cuestionamiento del orden natural, un afán de denuncia del carácter ilusorio y relativo del tiempo, y, al mismo tiempo, un imperativo de reivindicación del absurdo y de lo eterno. | ARMANCIA


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