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Alejandro López Deber

El universo no se creó en un solo día. Dios, ciencia o naturaleza, quien ordenó el Caos, (cada uno sabrá ponerle el nombre) fue acuñando un sistema consistente en errores cada vez más sutiles e imperceptibles, que resultarán en lo que hoy llamamos evolución. Sin que lo notemos, como la belleza de la rosa, se desgaja, ni que sepamos en que momento se produce su cambio de perfección en recuerdo, ese proceso de cambio tiene un método. Su proceso es continuo, como la sucesión de recuerdos de una vida. Pero también infinito, como la cantidad de sensaciones respecto de un mismo objeto que el ojo humano es capaz de percibir. En estas dos sencillas normas universales (cambio y percepción) quizá radique la posibilidad del hombre, única por cierto, de crear ARTE. Basándose en estas reglas, cuyo resultado ha sido auspicioso un sinnúmero de veces (todo lo creado da fe de ello), Alejandro López Deber, ha producido su obra. Sin pautas fijas. Dándose la libertad de la múltiple transformación, es como una mancha original (por origen y singularidad), va adquiriendo significación. Contenido. Sin método. O por oposición, con un método donde del Caos surge la forma que se resignifica en la sombra. Que se nutre, tal vez, en el color asociándose y disipándose de la luz… Sólo esto parece alcanzar al artista para forjar su universo, donde la expresión aniquila los postulados con que la razón a veces intenta convencerlo. Y es en esta especie de anarquía organizada, amparada en la libertad, donde surgen sus reglas. Porque también, esta última, nos permite limitar, normar y contener. Un artista debe trascender esta ambigüedad. De esta contradicción en su más pura expresión se nutre su obra. En este principio, afortunadamente, Alejandro López Deber asienta su producción y con ese último acto de libertad, a nosotros, los espectadores de su arte, nos basta. Mónica González


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